
Otro año, otro Pilsen Rock. Cien mil adolescentes y jóvenes en peregrinación hacia Durazno, en el centro de Uruguay, en todo tipo de vehículos, a dedo, como venga.
Un festival enorme para nuestras dimensiones, donde acampan, viven, duermen, agitan, fuman y toman hasta el agua de los floreros una multitud de chiquilines, incluidos mis dos querubines, en una especie de Woodstock criollo.
Los años anteriores fui, a llevarlos o a traerlos, y vi de cerca una experiencia que me resulta conmovedora y disfrutable, pese a que obviamente preferiría menos alcohol y otras hierbas. Además de los toques de música en sí, es interesante ver la contención que logran entre ellos cuando quieren que algo funcione bien.
Y es increíble que en esa multitud de seres en dudoso estado de sobriedad y cordura no pase nada. Pero no pasa nada, al menos nada grave.
Bué, este año sacaron pasajes con tiempo, ya están los dos grandecitos, así que se fueron por la de ellos y yo escuché a ratos la transmisión por radio, especialmente cuando tocaron los grupos que más me gustan, como nuestros vecinos de la Bersuit y Chala Madre que vinieron a engalanarnos el festival, o mis queridos Buitres. De paso me aseguraba que seguía sin ocurrir ninguna hecatombe.
El chico, cuando terminó la primera jornada, mandó sms "tuvo demás, que duermas bien".
La verdad que bien, lo que se dice bien, dormí dos días después, cuando volvieron sanos, salvos y embarrados hasta el alma de la travesía. Miedos de madre: ¿se irán algún día?